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DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO, CICLO A .
4 de diciembre de 2016
Por D. Félix García de Eulate, Pbro.


CAMBIAD DE MENTALIDAD JUAN EL BAUTISTA


Hemos comenzado las lecturas del ciclo litúrgico A. Este año el Evangelio nos presenta durante dos domingos consecutivos la figura austera de Juan el Bautista. El es el precursor del Señor. Ha venido para preparar su venida. Como el buen aparejador que va a realizar una autopista pide todos los materiales que necesita. Así él nos recuerda este domingo qué hay que hacer para allanar el camino al Señor.
Ante todo CAMBIAR DE MENTALIDAD. Convertirse significa cambiar la mente, dar la vuelta. Sus palabras son directas, estrictas y duras. Están dichas en forma de increpación para provocar una respuesta. Propone un cambio radical de vida. No se trata de allanar sólo un trecho del camino. No pide cambiar sólo algún aspecto de la vida, sino todo. Y para hacerlo, en principio, hay que cambiar la mentalidad, las ideas. Hay que entrar en la mentalidad y los pensamientos de Dios, entrar en sus juicios y en su voluntad. Para esto se necesita una disposición básica de apertura y aceptación para dejarle al Espíritu Santo actuar en nosotros. Cuando existe esta actitud, esta convicción y esta vivencia interior del Espíritu, los detalles, las acciones, vendrán como consecuencia de la misma.  ¿Hemos programado cambiar nuestra mentalidad y nuestra conducta?

NO OS HAGÁIS ILUSIONES

Quizás alguien podrá decir: Ya estoy en camino de santificación, no necesito cambiar. No hago males mayores. Llevo una vida religiosa aceptable. Además ya lo he intentado muchas veces. Precisamente esta era la convicción de los fariseos: somos buenos, no necesitamos cambiar. “Los otros, esos publicanos” sí tienen que cambiar. Esta puede ser la primera dificultad de los cristianos “buenos”: seguir tan campantes en la rutina, en la flojera, en la pereza, en el desaliento, en la falta de vitalidad y testimonio apostólico. Juan el Bautista nos dice que no hay que buscar escapatorias. Porque el árbol que no de fruto será talado y echado al fuego. ¿Corremos ese peligro los cristianos de hoy? ¿Damos los frutos que Dios espera de nosotros? La gente tiene que ver que creemos de verdad y por eso esperamos. Con nuestra conversión haremos fidedigna nuestra esperanza. Que todos vean que tenemos ganas de mejorar el mundo, que estamos ilusionados por cambiar y  ser mejores.

ESPERAD UN RETOÑO

Nuestro mundo está desilusionado. Necesita un revulsivo. Necesita de Dios y no se da cuenta. Pero resulta que al cristianismo, que debe ser el motor de la vuelta del mundo a Dios, se le han pegado también las arrugas lógicas de dos mil años de historia. Pero sobre todo está afectado por  la actitud de “manos caídas y rodillas vacilantes”. Aparece sin esperanza. Tenemos que reaccionar porque debemos proponer la utopía del porvenir ideal, del gusto por lo imposible. Nuestra utopía se llama Jesús. Avivamos la esperanza de que de este viejo tronco del cristianismo de occidente nacerá un retoño de novedad, de alegría, de vida nueva en la civilización del amor. Echamos de menos a Dios en la vida, en la sociedad, en las personas. Necesitamos que Jesús, nuestro retoño de siempre, nazca de nuevo. El profeta Isaías ya lo anunció. También nosotros lo seguiremos anunciando.  Seguiremos soñando que el tronco viejo retoña, que el lobo y el cordero viven juntos pacíficamente. El pueblo de Israel rezaba y nosotros también el  salmo 125: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar”. No desesperamos. El Señor cambiará nuestra suerte, nuestra mentalidad; cambiará la Iglesia, la rejuvenecerá, cambiará el mundo con su bautismo “en Espíritu Santo y fuego”¡Padre, mándanos a tu retoño Jesucristo, que lo necesitamos!

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