adornos navideños
DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO, CICLO A .
11 de diciembre de 2016
Por D. Félix García de Eulate, Pbro.


DOMINGO GAUDETE


El tercer domingo de adviento tiene nombre propio. Se llama “Domingo gaudete”. Le viene este nombre porque en el ciclo B del leccionario se proclama la carta del apóstol San Pablo a los tesalonicenses (5, 16-24) que comienza con el verbo latino gaudete, que significa: alegraos. En todos los ciclos se propone la alegría como virtud básica del Adviento a la espera de la Navidad. En el ciclo A es el profeta Isaías quien dice: “¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!” (35,1-6ª) Esperar con alegría, paciencia y sin miedo es la consigna fundamental de este domingo de Adviento.

CON ALEGRIA

Las imágenes poéticas y simbólicas de Isaías anuncian que el desierto se alegrará y florecerá la estepa. El pueblo de Israel estaba seco y triste como un desierto, sin la luz y el color de la alegría. Isaías le anima a que espere porque todo cambiará con la venida del Mesías. Los pobres y humillados se verán justamente resarcidos,  los enfermos sanarán, todo el mundo irá al templo de Jerusalén entre cantos y alegría. Ya no habrá pena ni aflicción. Este pregón de Isaías lo necesitan los hombres de nuestro tiempo y cada uno de nosotros. El mundo parece un desierto sin ilusión a nivel universal, familiar y personal. ¿Puede convertirse en un jardín? El profeta Isaías nos invita a esperarlo, proponerlo y conseguirlo.

CON PACIENCIA

Lo conseguiremos con paciencia como nos dice el Apóstol Santiago: “Tened paciencia, hermanos hasta la venida del Señor.” Nos pone un ejemplo muy acertado de paciencia: como el labrador. Siembra con afán. No sabe si el tiempo será propicio. Pero tiene la confianza de que las estaciones traerán la humedad para germinar, la lluvia para crecer y el calor para madurar. Espera con paciencia. Cuando siembra no está pensando de forma negativa y derrotista. El labrador no se asusta porque caiga la nieve y hiele sobre sus sembrados. Sabe que la cosecha será en el verano. Hay que esperar. Esa nieve será muy buena. No siembra pensando que quizás habrá sequía, o que si algo germina lo quemará el sol y en todo caso si algo queda lo destruirá el pedrisco o un incendio. El que así piensa ni siembra ni espera nada. Se queda de brazos caídos. Sin embrago a nivel espiritual sucede en la vida de los cristianos, que como en tiempos de Juan el Bautista preguntamos: ¿Ha venido el Salvador? ¿En qué se nota? ¿Dónde está Dios? ¿Se ha escondido? ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Es que nuestros contemporáneos nos preguntan hoy: ¿Dónde está vuestro Dios? Pregunta que pone en crisis a muchos que esperan con impaciencia los frutos del Reino de Dios en nuestro mundo y en la historia. La respuesta es el silencio de Dios en Getsemaní. Dios no tiene prisas. Mil años en la presencia de Dios son como un día para nosotros. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Jesús dijo a los discípulos de Juan: id y decidle lo que veis. Nos lo dice a nosotros desde su Palabra, la Eucaristía, la reunión de los creyentes, los sacramentos, la vida misionera y caritativa de la iglesia y de los cristianos. Id, y decidle al mundo cuántos y hermosos son los frutos del Evangelio.

SIN MIEDO

Mientras tanto tenemos que actuar sin miedo. Como Juan el Bautista, encarcelado por ser testigo y precursor de Cristo. La apología que hace Jesús de él la debería poder hacer de cada creyente. El cristiano no es como una caña que agita el viento. Tiene convicciones profundas y serias que nadie podrá remover. Hoy día ya no se sostienen las actitudes mediocres, ni las vacilaciones.  Los discípulos de Jesús si no son valientes y decididos se los traga el mundo. Los que no se atreven a dar la cara por Cristo han dejado de ser sus seguidores. Nosotros esperamos con alegría, paciencia y sin miedo que la sociedad será más fraterna, la Iglesia más gozosa, las parroquias más vivas, cada persona más llena de amor. A los que son consecuentes con su fe Jesús les dice: ¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí!

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